En un mundo donde el cacao se cotiza como un activo estratégico, Ecuador ha redefinido las reglas del juego. Su cacao fino de aroma, reconocido por la Organización Internacional del Cacao (ICCO) como el “mejor del mundo”, no solo domina los mercados premium, sino que impulsa una revolución económica. Este es el relato de cómo un país sudamericano se convirtió en el protagonista de la industria chocolatera global.
Las plantaciones de Guayas y Manabí, nutridas por suelos volcánicos y lluvias tropicales, producen granos con un perfil sensorial único: notas florales, acidez equilibrada y un amargor que no supera el 7%, según análisis del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIAP). Esta calidad, combinada con estrategias de trazabilidad blockchain, explica por gigantes como Valrhona y Godiva destinan el 40% de sus compras anuales a Ecuador. En 2024, el país exportó 345.000 toneladas, un 10% más que en 2023, aprovechando la crisis africana para posicionarse como alternativa confiable.
Asia emerge como el mercado más dinámico: importaciones chinas crecieron un 210% en dos años, incentivadas por acuerdos como el TLC con Ecuador, que elimina aranceles para cacao en grano. Pero el verdadero éxito está en la sostenibilidad: el 80% de las fincas ecuatorianas usan sistemas agroforestales, capturando 12 toneladas de CO₂ por hectárea al año, un dato clave para cumplir el Reglamento Europeo de Deforestación.
Ecuador no solo vende cacao: exporta un modelo donde calidad, tecnología y ética convergen. Para 2025, el reto es escalar sin perder identidad. ¿La oportunidad? Aliarse con proveedores que entiendan que, en la era de la transparencia, cada grano cuenta una historia.